El resumen de nuestras aventuras por Francia. Entre otras alternativas, visitamos Terre & Humanisme, Le Maquis, la feria “L’Aude à la Bio” sobre alternativas ecológicas, los huertos urbanos de París y entrevistamos al escritor ecologista Hervé Kempf.
La entrada a Cataluña fue muy esperada para cada una de nosotras… Ilusionadas por conocer el sinfín de proyectos alternativos que esta región nos ofrecía, y por entrevistar aEnric Durán, también conocido como El Robin Hood de los Bancos, llegamos con grandes expectativas que no sólo se cumplieron sino que se superaron con creces.
Enric nos habló del funcionamiento de la Cooperativa Integral Catalana y de la autogestión como motor necesario para el empoderamiento ciudadano. Fue una charla cálida y cercana que nos hizo entender la cooperativa como una herramienta jurídica cuyo fin es crear un sistema de redes que promuevan el bien común. Nos habló de la moneda social y de sus ventajas, de la desobediencia civil y de su legitimidad, así como de una nueva economía en base a la necesidad comunitaria y no a merced de unos pocos. También nos habló de varios proyectos que trabajan duramente para convertirse en una alternativa integral al sistema capitalista.
Entre ellos, Ca La Fou, la Colonia Eco-industrial y Post-capitalista que tuvimos la oportunidad de visitar y que nos abrió sus puertas con grandiosa amabilidad. Este proyecto se inició hace muy poco tiempo y lo que busca, además de crear vivienda a un precio digno, es crear un espacio industrial que produzca de forma ecológica, que proporcione trabajo y autosuficiencia. Fue una experiencia muy interesante, pues pudimos colaborar con ellos en algunas de sus tareas diarias a cambio de sentirnos parte, por un día, de un proyecto que avanza y que pretende llegar muy lejos.
También visitamos Can Masdeu, en las afueras Barcelona. Con las vistas más impresionantes de la ciudad, conocimos uno de los centros sociales ocupados que más resistencia ha mostrado ante los desalojos. Se caracteriza principalmente por la fantástica relación que tiene con los vecinos del barrio que, de todas las edades, se acercan cada semana para colaborar en el huerto comunitario, intercambiando experiencias, saberes y conocimientos de todo tipo.
Y para terminar, os hablaremos de nuestro maravilloso día con los chicos de Vilassar, también en Barcelona. No lo teníamos previsto, y sin embargo fue una de las cosas más interesantes que experimentamos a lo largo de este viaje. Conocimos a este grupo de jóvenes emprendedores a través del boca a boca y nos quedamos prendadas de la ilusión y la energía con la que nos hablaban de su proyecto de permacultura. Se trata de un nuevo negocio con conciencia social y medioambiental que pretende “volver a lo científico, a observar la naturaleza, volver a la ilusión por la vida”, nos contaba Pablo; “y hay una buena noticia, la permacultura no es sólo para las personas que quieran irse al campo, ¡sino que puede darse en cualquier lugar!”. Es un negocio que intenta derribar tópicos como “lo ecológico es caro” o “en las ciudades no se puede cultivar”; en definitiva, es ofrecer a la ciudadanía la posibilidad de diseñar su propio modo de vida basado en una filosofía práctica que responda a las necesidades humanas sin la degradación de nuestro entorno natural.
Recargadas de energía, de experiencias y de gente increíble, terminamos nuestra primera etapa de Rodando el Cambio y emprendemos nuestro siguiente reto: La FRANCE.
Esperamos que podáis perdonarnos la tardanza en informaros, pero las dificultades tecnológicas de vivir en una furgoneta nos ha impedido ofreceros un informe más continuo de nuestra experiencia. Seguiremos trabajando y muy pronto subiremos el video-resumen de Francia.
Os saluda Atentamente
El Equipo de Rodando El Cambio.
Salimos de un túnel y encontramos el cartel de Lakabe. Giro a la izquierda y ya estamos allí. Lakabe, veterana, sólida, utópica.
Entramos en el pueblo bajo el lema Ongi etorri, y poco tiempo nos sentimos en casa. Un gran grupo de personas come al aire libre, varias mesas, varias edades, una sola olla. Prediciendo lo que más tarde descubriríamos bajo la simpatía y honestidad de sus habitantes. Vida en común 100%. Desde la economía hasta las habitaciones, todo es de todos. Libertad y autogestión.
Conocemos a tres habitantes que nos apadrinan nada más llegar. Entre risas y bromas responden a todas nuestras curiosas preguntas. Nos enseñan el pueblo, sus actividades hasta sus preciosas casas. Tocamos y probamos todo a nuestro antojo, nos ponemos los gorros de cocineras y entramos a la panadería, probamos las diferentes cervezas, estrenamos una nueva letrina y dormimos juntos en la casa de paja. Una experiencia preciosa pero con un triste final, no nos dejan grabar. Consensuado en la asamblea, raíz de este proyecto que se basa en un fuerte trabajo en la gestión de grupo, deciden que no quieren que grabemos. ¿No queréis que se conozca este ejemplo? “El que realmente tenga interés que venga y lo vea con sus propios ojos, que participe. No abrimos nuestra intimidad a cualquiera.”
Una pena que no nos dejen divulgar esta experiencia. Que no nos dejen acabar con el axioma capitalista de “este es el mejor sistema que conocemos”. Otros sistemas se están creando, se están asentando, muchos experimentos están dando sus frutos.
Salimos de Navarra y nos vamos a Huesca. El viaje va diluyendo nuestras metas y rompiéndonos nuestros esquemas que se mezclan con nuevas paradas que encontramos.
Visitamos dos pueblos en el municipio de Sabiñanigo. Ibort y Aineto fueron dos de los varios pueblos okupados en los 80 en la provincia de Huesca. Vacíos, muertos, esperaban que la vegetación cubriera hasta la última arruga de su historia. Pero llegó un grupo de personas que abrió sus caminos y desenterró las piedras de los muros. Y luchó para demostrar que no era una okupación sino una repoblación. Y lo consiguió. Ahora los habitantes de estos pueblos tienen la cesión de uso de sus tierras. “No somos propietarios, somos usuarios”.
“No es una historia colectiva, el nexo es que vivimos en el mismo lugar”. Nos cuenta Ricardo, habitante de Ibort, que funciona con las pautas de cualquier pueblo.
Llegamos a Aineto, que funciona de la misma manera, la convivencia con el sistema, la legalidad.
Allí, como siempre nos abren sus puertas, nos enseñan sus huertos y comparten sus experiencias. Hablamos con Elesar, un joven que ha nacido y vivido en Aineto. También ha estudiado en la ciudad, probando cada una de las cosas que ella ofrece.
Uno de los factores que indican el éxito y el futuro de estos proyectos es el relevo generacional. Lejos de indicadores económicos o socioculturales se plantea esta sencilla pauta, ¿permanecerán estos jóvenes allí? Parece que Elesar lo tiene claro, quiere continuar con esta experiencia e incluso quiere crear su propio proyecto rural.
No son ejemplos de autosuficiencia, ni de vida comunitaria, ni de proyecto ecológico. Son ejemplos de valientes que decidieron aprovechar el esfuerzo de nuestras generaciones pasadas, reutilizar unas estructuras y reciclar los recursos. Y aún sin plantearse grandes teoremas ecológicos o tener un activismo medioambiental, su impacto en la naturaleza es menor que cualquiera de los habitantes de los núcleos urbanos. Reutilizar, reciclar y relocalizar.
Y continuando con la ruta, os hablaremos de nuestra siguiente parada, La Granja Garma (Cantabria), donde contamos con la fabulosa compañía de Oscar, nuestro guía y uno de los jóvenes que hace años decidió unirse a otros para poner en común diferentes proyectos complementarios que se encargarían de fomentar la permacultura como forma de vida. Allí disponen de cooperativas de huertas, cooperativas de caballos, ciclos educativos de gestión de aguas, bioconstrucción y demás actividades formativas. Campamentos, talleres, actividades físicas en el medio natural, todo ello desde una perspectiva que revela la importancia de crear una nueva cultura basada en el respeto a la naturaleza y a la sostenibilidad de la misma.
Nos hablaron de agricultura, de salud, de cómo crear infraestructuras con materiales ecológicos que cuestan muy poco, de cómo devolverle a la tierra ese trozo de parcela que le arrebatamos al construir en ella, pero también de la especial importancia que cobran las relaciones entre personas en todo proyecto que pretenda funcionar. Cuando le preguntamos a Oscar por qué la gente acude a la Granja nos contestó que pocas personas llegan a la granja buscando algo concreto. Más bien es al contrario, “la gente está buscando, no está contenta”, y sin saber muy bien qué quieren, sienten la necesidad de vivir de otra manera. “Aquí les ofrecemos una alternativa, y sólo intentándolo sabrán diferenciar entre lo que quieren y lo que realmente sienten”.
Después de esta interesante tarde, retomamos carretera y nos fuimos hacia Bilbao. Allí nos encontraríamos con Florent Marcellesi, uno de los principales activistas ecologistas en España y precursor de las ideas en las que se basa El Decrecimiento. Fantástico orador, que no sólo nos brindó la oportunidad de entrevistarle, sino que además tuvo la amabilidad de mostrarnos un huerto urbano ecológico creado por y para los vecinos que quieran participar de la forma que sea. Un lugar donde “recuperar el saber hacer”, donde compartir puerros, tomates, alubias, pero sobre todo, ilusiones de cambio.
Salentinos nos recibió con los brazos abiertos y la cercanía que necesitábamos para retomar las fuerzas desgastadas durante los últimos días en Matavenero. Cuatro días de intenso ejercicio físico y escasez de duchas, no fueron motivo suficiente para dejar de recibir esa cálida bienvenida.
Hablemos entonces de Salentinos, un precioso pueblo situado en un frondoso valle junto al pico de Catoute, el más alto de la comarca de El Bierzo (León). Allí conocimos a los que serían los protagonistas de esta historia de pobladores rurales que deciden habitar un pueblo casi fantasma para reaprovechar las riquezas que un día abandonaron otros.
Tejados de pizarra, paredes de piedra, y un pequeño río que recorre el pueblo; miradas de paisanos que entre gorros de paja nos observan. Huertos, animales, y lo mejor de todo, fantásticas charlas acompañadas de una buena barbacoa y cafés interminables. Así pasamos el día entero en este precioso lugar. Agradecemos a Sene, Nati, Silvestre, Senen y Saúl, pues nos ayudaron a comprender un modo de vida basado en la búsqueda de la autosuficiencia y el respeto a la naturaleza.
Estas personas no conocen del estrés de las grandes ciudades y eso es algo que nos transmitieron durante todo el encuentro. Después de contarnos la historia de cómo llegaron a Salentinos y decidieron empezar de cero, entendimos las dificultades por las que habían tenido que pasar hasta llegar a lo que hoy tienen, que no es más que una calidad de vida que cualquiera de nosotras querría tener. Todo ello, además, sin tener que renunciar a las ventajas de esta sociedad moderna, como pueden ser un ordenador, internet y la posibilidad de salir del pueblo en cuanto les sea necesario. Su visión va más allá de la renuncia, se trata de la revalorización de las necesidades y la opción de obtener las ventajas que cada estilo de vida te ofrece.
Por fin rodando…
Después de un fin de semana muy intenso de preparación del viaje, “las seis de Rodando” comenzamos la ruta del cambio. Comenzamos a descubrir la historia que no nos cuentan en los libros. Comenzamos a demostrar ejemplos de una vida diferente.
La furgoneta atraviesa sus primeros caminos de tierra, estrechos y desnivelados, y entre bote y bote llegamos a Matavenero. Dejamos la furgoneta arriba, pues no se puede bajar ningún vehículo al pueblo. “Una de las razones principales de que exista este pueblo es que no hay carretera”, nos dice Cuke, profesor y músico, que lleva 10 años en Matavenero y nos invita a su casa para explicarnos el funcionamiento del pueblo.
Veinte minutos bajando por un camino irregular, rocoso, complicado. El lugar se encuentra en la sierra del Bierzo; el pueblo, en la ladera de una de las montañas. Vamos bajando el camino riendo, con energía y emocionadas por descubrir esta primera parada.
Van apareciendo casas tímidamente, dos, tres, cuatro… treinta casas se acoplan a la montaña, cada una tiene un color y una forma diferente, totalmente anárquicas, totalmente libres. Unas son de madera, otras de piedra, otras de chapa…Unas miran a la eternidad, otras son de paso. Esconden un duro trabajo basado en muchas ideas. Un sueño que ha ido siendo refundado y adecuado a los cambios. Una evolución decidida por todos, los que se fueron y los que siguen llegando.
Lo primero que hacemos al llegar al pueblo es ir en busca de alguna mirada cómplice que nos guiara y qué mejor lugar para ello que el único chiringuito que había abierto. Allí nos preparan el mejor café que hayamos probado nunca, y no nos extraña, pues nuestro barman particular dedica una media de siete minutos a cada uno de ellos. Conocemos a gente de todo tipo, cada una con sus peculiaridades pero con una misma sintonía: vivir en paz, vivir sus vidas como realmente creen que han de vivirla no sintiéndose ni mejor ni peor que aquellos que deciden vivir de otra forma.
Llegamos pensando que nos recibirían con los brazos abiertos y aplaudirían nuestra propuesta. Quizá egocéntricas, quizá novatas… Nos damos cuenta de que ellos no están allí para cambiar el mundo, no les importa ese mundo. No quieren teorizar sobre agricultura o sobre autogestión. Quieren construir, probar y errar, encontrar su camino. Un Matavenero humilde y trabajador, que demuestra a cada persona que pasa con los ojos abiertos que esa vida es posible.
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